Tiempo de consuelo

Y llega un día en que nos sorprendemos sonriendo. La primera sensación será tal vez de culpa; nos parece imposible haber vuelto a hacerlo. Pero la vida tiene su propia fuerza arrolladora: como una ola siempre ascendente incorporará la vida de esa persona a la que amamos tanto -no su muerte, sino su vida- al resto de nuestra realidad. A partir del sufrimiento, de la tristeza, aprendemos a valorar la vida. Llega, por fin, el día en que una nostalgia que no hiere reemplaza al dolor del vacío y la incomprensión. Aceptamos su desaparición física porque percibimos junto a nosotros su presencia espiritual. Y aprendemos de modo definitivo que el amor no muere nunca.

Ahora es tiempo también de valorar a los que han permanecido a nuestro lado, alentándonos, protegiéndonos. EI recuerdo de quien ya no está se suma a la presencia de los que nos rodean, y todos se unen así en una sola palabra: amor. El amor nos da fuerzas para aceptarlo todo, para ver y apreciar lo que la vida nos da, mas allá de lo que también nos quita. El amor nos ayudará a encontrar la paz, la esperanza y a recuperar la alegría que necesitamos para que nuestro mundo, que parecía detenido, siga girando como siempre.

Publicado en on Julio 30, 2008 at 10:07 pm Dejar un comentario

Tiempo de recuerdos

El dolor no ha desaparecido. Y tal vez nunca lo haga. Pero la rebeldía y la desesperada angustia de los primeros momentos se van atenuando, van dejando paso a la vida. A la vida misma de esa persona tan querida que no está; a esa vida que fue rica, plena, valiosa y nos ha dejado tantos maravillosos recuerdos. Y un día nos descubrimos pensando en algo que esa persona hacía o nos decía mientras nos invade una cálida ternura. Somos capaces de recordar, de volver a pasar por el corazón palabras, anécdotas, enseñanzas, instantes de felicidad vividos. Tal vez todavía con lágrimas, pero agradeciendo a la vida haber compartido el amor y la existencia de ese ser amado…

Ha llegado el tiempo de la memoria, de celebrar el legado que nos dejó. Para algunos será un ejemplo o una misión que cumplir. Para otros, una huella imborrable. Pero en todos los casos, este es el tiempo de revivir tantos momentos únicos. Porque el amor siempre prevalece frente a la muerte.

Publicado en on Julio 27, 2008 at 10:05 pm Dejar un comentario

Tiempo de tristeza

Se ha ido. Esa sensación nos envuelve casi sin dejarnos respirar. Ya no está a nuestro lado. No importa si lo hemos sabido durante meses o si su partida ha sido desesperadamente repentina… no podemos explicarnos que no esté con nosotros. No podemos aceptar que esa persona a la que amábamos, a la que amamos -porque el amor no se ha ido con ella- nos haya dejado…

Había tanto para decir todavía, tanto para hacer… Si hubiéramos sabido; si hubiéramos podido… No hubiéramos dicho; no hubiéramos hecho… Esta vivencia de lo irremediable hace que el dolor que nos atraviesa el alma sea profundo, que nos lastime como una tremenda herida física…


Hoy es tiempo de tristeza y es bueno y justo que así sea. Más adelante llegarán los recuerdos y mucho después, aunque nos parezca imposible, el consuelo. Pero hoy no frenemos las lágrimas: es necesario llorar, desahogarnos y no reprimir nuestros sentimientos y emociones. Llorar a solas o en compañía, en silencio o a gritos, emitir el llanto como una queja, con impotencia, con todo nuestro dolor. Hasta que el tiempo de las lágrimas pase, dejándonos una rara sensación de cansancio y alivio, una calma exhausta que nos permitirá, a pesar de todo, continuar.

Publicado en on Julio 23, 2008 at 10:04 pm Dejar un comentario

Ahora es paz

Iba yo por un camino, cuando una voz de mujer dijo detrás de mí: “¿Me conoces?” Me volví y le contesté: “No recuerdo tu nombre.” Ella me dijo: “Yo soy aquella Tristeza profunda que sufriste hace tiempo.”

Sus ojos se parecían a la mañana cuando el rocío está todavía en el aire.

Permanecí en silencio y luego le pregunté: “¿Has perdido aquella carga inmensa de lágrimas?” Ella sonrió sin contestarme. Comprendí que sus lágrimas habían tenido tiempo de aprender el lenguaje de las sonrisas.

Me recordó: “Una vez aseguraste que conservarías tu tristeza para siempre.” Avergonzado, respondí: “Es verdad, pero los años han pasado…” Después, con su mano entre las mías, le dije: “Pero tú también has cambiado.” Entonces, ella me contestó, serena: “Debes saber que lo que un día fue Tristeza es ahora Paz…”

Rabindranath Tagore

Publicado en on Julio 19, 2008 at 10:00 pm Dejar un comentario

Reflexión

Durante los períodos de crisis aguda parece imposible reflexionar sobre cualquier significado que pueda esconder nuestro sufrimiento. A menudo, lo único que podemos hacer es soportarlo. Y es natural considerarlo una injusticia y preguntarnos: “¿Porqué a mí?”. Afortunadamente, sin embargo, en momentos de alivio o en los períodos posteriores a experiencias de sufrimiento agudo, podemos reflexionar sobre él y buscar su significado.

Dalai Lama

Publicado en on Julio 14, 2008 at 9:59 pm Dejar un comentario

Relato hindú

Hace muchos años, una mujer viuda perdió a su único hijo. Desesperada, incapaz de aceptar aquello y soportar el dolor, fue a ver al Buda.

-Maestro, te suplico que me devuelvas a mi hijo ¿Puedes resucitarlo?

-Por supuesto —respondió Buda-, pero para hacerlo necesito unos granos de mostaza… que se hayan cosechado en una finca donde no hayan muerto ni niños, ni jóvenes, ni ancianos.

La mujer recorrió todo el pueblo y aun las ciudades vecinas. Si bien todos se mostraban generosos para entregarle los granos, también todos la decepcionaban al contarle, en cada casa, quiénes habían muerto. La mujer no pudo encontrar una sola familia que no hubiera sufrido la muerte de un ser querido. Comprendió que su dolor era compartido por mucha gente y que esa era la lección que le había querido dar el maestro. Luego de sepultar a su pequeño, volvió a ver al Buda, quien le dijo:

-Pensabas que eras la única que había perdido un hijo pero no estás sola en tu dolor. La muerte es una ley pareja entre todos los seres vivos. Y recién entonces, la consoló.

Publicado en on Julio 12, 2008 at 9:56 pm Dejar un comentario

Déjame que duerma…

En otra ocasión, me llamaron para que ayude a morir a una mujer de ochenta y cinco años internada en un geriátrico.

Estaba allí desde hacía tres años a causa de su deterioro y su senilidad. Sus siete hijos, con edades que iban desde los 51 hasta los 65, estaban sentados o parados alrededor de su cama. Su marido, todavía corpulento a pesar de tener ochenta y ocho, estaba sentado con toda su tristeza en un rincón.

“Mi señora está agonizando desde hace más de una semana”, me dijo este último. “A usted, ¿para qué la mandaron? Ya no se puede hacer nada. Tiene que morirse”.

“¿Puedo sentarme aquí con ustedes aunque sea por un ratito?”, pregunté.

“Está bien”, respondió el marido. Y le dijo a uno de sus hijos que me arrimara una silla.

Me quedé sentada con esta familia alrededor de una hora. La mujer respiraba trabajosamente; cada una de sus respiraciones resonaba fuerte en toda la habitación. Finalmente, en un lapso de cerca de cinco segundos, no hubo respiración. La hija que sostenía la mano de la paciente pegó un grito y fue abrazada y arrastrada hacia atrás por otra hija llorosa que estaba a su lado. Con el tirón, la anciana fue sacudida y comenzó a jadear y a respirar de nuevo.

“Tenemos que dejarla ir”, le dije, acariciando su hombro.

“No, yo quiero a mi mamá”, comenzó a llorar la mujer.

“Ya sé. Pero su mamá ahora necesita partir”, insistí. Miré el rostro dolorido de la anciana. Recé en silencio. Otras dos mujeres se pusieron a llorar. El padre se incorporó de su silla, se acercó y puso sus brazos alrededor de ellas.

“La señora tiene razón. Es hora que dejen que mamita se vaya. Yo pronto voy a encontrarme con ella. Y, algún día, ustedes también”.

La anciana jadeó una vez y dejó de respirar. Pocos segundos después volvió a respirar, y luego se detuvo de nuevo. Creo que habré estado dos horas, o un poco más, en esa habitación cuando la respiración cesó por completo. Nadie la tironeó. Nadie gritó para que la anciana volviese a la vida. Solo el marido se mantuvo a su lado y dijo, suavemente: “Te quiero. Pronto voy a reunirme contigo”.

Al contenernos, ayudamos a esta mujer a liberarse y partir. Si alguno hubiera continuado llamándola, aferrado a su mano o tironéandola para que se despertase, su agonía hubiese sido mucho más prolongada. Ella tenía que morir, independiente de cuánto sus seres queridos pretendieran que viviese.

Aveces, lo único que podemos hacer para ayudar a alguien es dejarlo ir… y ayudar a quienes lo rodean también puedan dar un paso atrás y lo suelten.

Bárbara Harris Whitfield

Publicado en on Julio 7, 2008 at 9:54 pm Dejar un comentario

Aprender a soltar

Los mecanismos de negación pueden ser dañinos cuando existen fuertes probabilidades de que un ser querido muera. Si la persona que se está muriendo o sus familiares se niegan a admitir el final más probable de ese proceso, se estarán perdiendo su última oportunidad en la vida de compartir este importantísimo pasaje final.

Una vez me pidieron que visitara a un hombre de 62 años internado con cáncer de garganta en un hospital. En un susurro, me dijo que recién terminaba otro turno de quimioterapia y que necesitaba unos días más de internación antes de volver a su casa. Me dijo que, desde hacía semanas, no podía comer bien y que a veces lo alimentaban por tubo o vía endovenosa.

“Soy demasiado joven para morir”, dijo, de una manera tan suave que tuve que inclinarme cerca de su rostro para oir. “Mi familia cree que no me estoy muriendo. No me escuchan. Les digo que me muero y ellos siguen gritándome: “¡Tienes que luchar, papá, lucha!”.

“¿Y usted cómo se siente ante ese pedido?” le pregunté.

“Siento que nadie me escucha” respondió. “Creo que el cáncer está haciendo metástasis. Pero no puedo hablar con nadie. Nadie me escucha”.

“Yo lo escucho y voy a hablar con su familia cuando usted me lo pida”, le dije, con una sonrisa, manteniendo contacto visual con sus ojos. Y le prometí que volvería al día siguiente.

Visité a este hombre cada día hasta que le dieron de alta, sobre el fin de semana. Nuestros diálogos fueron siempre sobre lo mismo, excepto cuando su familia estuvo presente. En esos momentos, él hablaba poco. Y ellos continuaron pidiéndome que convenciera a papá de que luchara y recuperara sus fuerzas.

Visité a este hombre una vez en su casa. Mi impresión fue que ahora estaba en prisión. Se lo mantenía allí, sentado, sin voz, con sus pijamas puestos, mirando la escena de su mujer e hijas corriendo de un lado al otro, constantemente ocupadas con los deberes que ocasiona esa catástrofe de cuidar a un ser amado gravemente enfermo.

La última vez que lo vi, presencié su muerte. En el hospital, enganchado a varios tubos, acostado en su cama, me miró y dijo, más con un movimiento de labios que con la voz: “Ahora me voy a morir”.

“Su familia está en la sala de espera. ¿Qué quiere que les diga?”, pregunté.

“No les diga nada. Ellos no me van a dejar”. Estiró el cuello como pudo, para que yo escuchase sus últimas palabras. “Ahora necesito morirme”.

Me quedé en silencio junto a su cama. Sostuve su mano durante unos segundos, o minutos y entonces me di cuenta de que yo también tenía que dejarlo ir. El necesitaba irse. Incluso mi contacto lo mantenía de este lado, sus ojos estaban cerrados. Observé cómo el último fragmento de vida abandonaba su rostro. fue una trancisión tan humilde y pacífica.

Di aviso a enfermería y de allí llamaron a un médico residente que vino y confirmó que el paciente había muerto. Luego me dirigí a la sala de espera y se lo dije a la familia. La esposa y sus hijas pegaron un alarido. Cerré la puerta. Eran cuatro mujeres gritando por sus propias necesidades y doliéndose de su pérdida. Percibí la rabia que tenían por los cuarenta años en que su padre mantuvo su hábito de fumador. Rabia contra los médicos y la forma en que estos manejaron el caso. Rabia contra el hospital. Esperé hasta que las cuatro se calmaron un poco y les ofrecí mis condolencias por la pérdida. Les dije que podía visitarlas cuando ellas quisieran; les dejé mi tarjeta. Nunca más volví a verlas.

Bárbara Harris Whitfield
Publicado en on Julio 5, 2008 at 9:51 pm Dejar un comentario

Amor Divino

La muerte nos enseña a estar en el amor Divino solamente, y no apegado al cuerpo, en el cual el Amor Divino reside temporalmente.
Si nosostros amamos a las almas, no debemos tratar de retenerlas a nuestro lado para nuestra satisfacción y comodidad, principalmente cuando nos son quitadas para su adelanto en el sendero hacia la libertad, o cuando son llamadas a descansar en el regazo del Padre Santo.
En la tristeza por la separaciónde sus seres queridos los simples lloran por corto tiempo y luego olvidan; pero los sabios encuentran en la muerte el impulso para buscar su amor perdido en el corazón de la Eterno.
Lo que perdimos en la vida temporal debemos buscarlo en la cámara del Infinito.

Paramhansa Yogananda

Publicado en on Julio 1, 2008 at 9:50 pm Dejar un comentario

Glosa

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar a la mar,

que es el morir. ¡Gran cantar!

Entre los poetas míos
tiene Manrique un altar.

Dulce goce de vivir:
mala ciencia del pasar,
ciego huir a la mar.

Tras el pavor del morir
está el placer de llegar.

¡Gran placer!
Mas ¿y el horror de volver?
¡Gran pesar!

Antonio Machado

Publicado en on Junio 27, 2008 at 9:48 pm Dejar un comentario