Los mecanismos de negación pueden ser dañinos cuando existen fuertes probabilidades de que un ser querido muera. Si la persona que se está muriendo o sus familiares se niegan a admitir el final más probable de ese proceso, se estarán perdiendo su última oportunidad en la vida de compartir este importantísimo pasaje final.
Una vez me pidieron que visitara a un hombre de 62 años internado con cáncer de garganta en un hospital. En un susurro, me dijo que recién terminaba otro turno de quimioterapia y que necesitaba unos días más de internación antes de volver a su casa. Me dijo que, desde hacía semanas, no podía comer bien y que a veces lo alimentaban por tubo o vía endovenosa.
“Soy demasiado joven para morir”, dijo, de una manera tan suave que tuve que inclinarme cerca de su rostro para oir. “Mi familia cree que no me estoy muriendo. No me escuchan. Les digo que me muero y ellos siguen gritándome: “¡Tienes que luchar, papá, lucha!”.
“¿Y usted cómo se siente ante ese pedido?” le pregunté.
“Siento que nadie me escucha” respondió. “Creo que el cáncer está haciendo metástasis. Pero no puedo hablar con nadie. Nadie me escucha”.
“Yo lo escucho y voy a hablar con su familia cuando usted me lo pida”, le dije, con una sonrisa, manteniendo contacto visual con sus ojos. Y le prometí que volvería al día siguiente.
Visité a este hombre cada día hasta que le dieron de alta, sobre el fin de semana. Nuestros diálogos fueron siempre sobre lo mismo, excepto cuando su familia estuvo presente. En esos momentos, él hablaba poco. Y ellos continuaron pidiéndome que convenciera a papá de que luchara y recuperara sus fuerzas.
Visité a este hombre una vez en su casa. Mi impresión fue que ahora estaba en prisión. Se lo mantenía allí, sentado, sin voz, con sus pijamas puestos, mirando la escena de su mujer e hijas corriendo de un lado al otro, constantemente ocupadas con los deberes que ocasiona esa catástrofe de cuidar a un ser amado gravemente enfermo.
La última vez que lo vi, presencié su muerte. En el hospital, enganchado a varios tubos, acostado en su cama, me miró y dijo, más con un movimiento de labios que con la voz: “Ahora me voy a morir”.
“Su familia está en la sala de espera. ¿Qué quiere que les diga?”, pregunté.
“No les diga nada. Ellos no me van a dejar”. Estiró el cuello como pudo, para que yo escuchase sus últimas palabras. “Ahora necesito morirme”.
Me quedé en silencio junto a su cama. Sostuve su mano durante unos segundos, o minutos y entonces me di cuenta de que yo también tenía que dejarlo ir. El necesitaba irse. Incluso mi contacto lo mantenía de este lado, sus ojos estaban cerrados. Observé cómo el último fragmento de vida abandonaba su rostro. fue una trancisión tan humilde y pacífica.
Di aviso a enfermería y de allí llamaron a un médico residente que vino y confirmó que el paciente había muerto. Luego me dirigí a la sala de espera y se lo dije a la familia. La esposa y sus hijas pegaron un alarido. Cerré la puerta. Eran cuatro mujeres gritando por sus propias necesidades y doliéndose de su pérdida. Percibí la rabia que tenían por los cuarenta años en que su padre mantuvo su hábito de fumador. Rabia contra los médicos y la forma en que estos manejaron el caso. Rabia contra el hospital. Esperé hasta que las cuatro se calmaron un poco y les ofrecí mis condolencias por la pérdida. Les dije que podía visitarlas cuando ellas quisieran; les dejé mi tarjeta. Nunca más volví a verlas.
Bárbara Harris Whitfield